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Naturaleza y salud

Devolver las áreas verdes a la ciudad: es una necesidad biológica básica

Áreas verdes, salud y consciencia: devolver la naturaleza a la ciudad es parte de una vida digna y de una medicina integral.

Mediconsciente

Terrazas curvas de un edificio cubiertas de árboles, palmeras y vegetación, vistas desde arriba junto a una avenida.

Una ciudad debería permitirnos vivir sin tener que escapar de ella para encontrar sombra y contacto con la naturaleza. Su desarrollo también se reconoce en la posibilidad de caminar bajo los árboles, llevar a un niño a jugar cerca de casa o encontrar un lugar donde sentarse sin tener que comprar algo.

Por eso sostengo que devolver las áreas verdes a la ciudad es una necesidad biológica básica. Nuestro cuerpo necesita condiciones para regular su temperatura, moverse y recuperarse de las exigencias del día. La vegetación urbana puede contribuir a reunir esas condiciones, además de ofrecer oportunidades de encuentro. Su presencia forma parte de la salud pública. [1]

En Mediconsciente lo expresamos con una frase fundacional: «Más naturaleza, menos cemento». Esa convicción nos lleva a mirar cómo estamos construyendo nuestras ciudades y qué clase de vida hacemos posible dentro de ellas.

Necesitamos hospitales suficientes, equipos preparados y atención oportuna. También necesitamos que la salud ocupe un lugar en las decisiones que tomamos mucho antes de llegar a una sala de espera. Una sociedad debe poder reconocerse en su capacidad de cuidar la vida cotidiana.

Nuestra biología tiene una historia anterior a la ciudad

Homo sapiens tiene una historia de aproximadamente 300.000 años, asentada sobre un proceso evolutivo mucho más antiguo. Durante la mayor parte de esa historia, la vida humana transcurrió en una relación directa con los ciclos del entorno, la búsqueda de alimentos y el movimiento. La agricultura y las ciudades aparecieron mucho después. [2]

Nuestro cuerpo conserva necesidades formadas a lo largo de esa historia y también una gran capacidad de adaptación. La pregunta evolutiva resulta especialmente útil cuando observamos cuánto han cambiado nuestros días: largas jornadas sentados, poco tiempo al aire libre y obligaciones que se extienden hasta la noche.

Los ritmos circadianos muestran esa relación entre organismo y ambiente. Son ciclos de unas 24 horas que participan en la regulación del sueño, la temperatura corporal y otras funciones. La luz y la oscuridad constituyen sus principales señales externas. La iluminación nocturna y los horarios de trabajo pueden alterar esa sincronización. [3]

Una ciudad que facilita salir durante el día y protege el descanso nocturno tiene en cuenta esa biología. Las áreas verdes pueden formar parte de esa vida al aire libre; los horarios, la vivienda y el control del ruido también merecen atención. Recuperar nuestro vínculo con la naturaleza exige pensar cómo transcurre un día completo.

Lo que cambia cuando el barrio tiene árboles

La sombra de un árbol modifica una experiencia tan concreta como esperar la micro en verano. Los árboles contribuyen al enfriamiento mediante la sombra y la transpiración, el proceso por el que liberan agua a la atmósfera. Un estudio de 293 ciudades europeas encontró temperaturas de superficie generalmente menores en zonas arboladas que en superficies urbanizadas durante el verano. La magnitud variaba según el clima. [4]

Ese hallazgo invita a mirar la calidad de nuestras áreas verdes. Importan el tamaño de las copas, las especies adecuadas para cada lugar y el cuidado que permite que los árboles crezcan. Pintar de verde un plano o contar ejemplares recién plantados dice poco sobre la sombra que tendrá una persona al salir de su casa.

También importa lo que ese espacio permite hacer. La actividad física beneficia la salud cardiovascular y mental; la Organización Mundial de la Salud reconoce tanto el ejercicio como el movimiento cotidiano. [5] Una vereda accesible, conectada con un parque y con lugares para descansar, puede facilitar que moverse forme parte de la rutina. El diseño urbano puede acompañar una recomendación clínica.

La salud mental cuenta con evidencia experimental que merece atención. En Filadelfia, un ensayo asignó al azar grupos de terrenos abandonados a distintas intervenciones. La recuperación con vegetación incluyó limpieza, plantación y mantenimiento. Entre residentes cercanos disminuyeron los sentimientos de depresión y de falta de valor personal, frente al grupo sin intervención. La mejoría del indicador global de malestar psicológico no alcanzó significación estadística. Se midieron experiencias reportadas por las personas, no la curación de una depresión diagnosticada. [6]

El estudio permite una conclusión concreta: intervenir el entorno puede contribuir al bienestar de quienes lo habitan. Esa posibilidad merece un lugar junto con la atención clínica y el apoyo comunitario. Cuidar a una persona incluye interesarse por el lugar al que vuelve después de recibir atención.

Una sociedad que haga posible cuidarse

Decirle a alguien que salga a caminar tiene poco alcance cuando no dispone de un recorrido seguro. Recomendar descanso se vuelve difícil de llevar a la práctica si cada hora libre está ocupada por traslados, otro trabajo o el cuidado de una persona dependiente. La voluntad individual actúa dentro de esas condiciones.

Hemos construido sociedades en las que acceder al abrigo, al alimento y a un techo depende, en gran medida, de nuestra capacidad de pagar. Vale la pena preguntarnos cuánto espacio queda para vivir cuando sostener la vida ocupa todo nuestro tiempo.

Conseguir alimento y refugio también exige esfuerzo en la naturaleza. Nuestra capacidad de organizarnos debería permitirnos reducir esa inseguridad y disponer de tiempo para el encuentro, la contemplación y el sentido de nuestra existencia. Una ciudad debería ofrecer lugares donde podamos simplemente estar, sin tener que consumir.

Por eso, una sociedad que promueve salud tiene que hacer posible cuidarse. El contacto con la naturaleza debería estar al alcance de quienes no tienen jardín, automóvil ni dinero para viajar. Un parque cercano necesita entradas accesibles, caminos transitables, asientos y condiciones para que sus vecinos puedan usarlo con tranquilidad.

Esa mirada cambia la pregunta sobre la responsabilidad. Podemos participar en nuestro cuidado y, al mismo tiempo, necesitar ayuda, tiempo o cambios en el entorno. Enfermar no demuestra una falta de consciencia. Una persona puede cuidar profundamente su vida y aun así necesitar tratamiento.

La prevención merece decisiones compartidas entre salud, vivienda, educación y transporte. Podemos preguntarnos cuánta sombra hay en el camino a la escuela, dónde descansa una persona mayor o qué posibilidades tiene una familia de encontrarse al aire libre. Esas preguntas llevan la salud al territorio donde vivimos.

La naturaleza también nos devuelve preguntas sobre quiénes somos

En Mediconsciente comprendemos al ser humano en cuerpo, mente, alma y espíritu. El encuentro con la naturaleza puede recorrerse desde esas cuatro dimensiones, cada una con su lenguaje y su profundidad.

El cuerpo encuentra un entorno en el que moverse y percibir el paso del día. La mente puede explorar qué ocurre con su atención cuando deja por un momento las exigencias de la pantalla. El alma, entendida en nuestro modelo como la dimensión de la historia emocional y la memoria, puede reconocer vínculos: un árbol de la infancia, el olor de un jardín, un paisaje compartido con alguien querido.

El espíritu abre la pregunta por nuestra esencia y por el sentido de estar aquí. Desde nuestra mirada espiritual, somos seres espirituales teniendo una experiencia humana. La naturaleza puede ser un lugar de encuentro con esa convicción: detenernos ante algo vivo, reconocer que pertenecemos a un mundo que nos excede y permitirnos sentir gratitud por existir.

Para algunas personas, esa experiencia se vive como conexión con lo sagrado. Para otras, comienza con el asombro, el silencio o una pregunta que todavía no tiene respuesta. Queremos dar espacio a esa búsqueda y acercar el mundo espiritual con respeto por la experiencia de cada persona.

«Tu cuerpo es el templo. Tu mente es la llave. Tu alma es la conexión. Tu espíritu es la esencia». Las metáforas del Modelo Integral Mediconsciente invitan a habitar la propia vida con mayor consciencia. Podemos preguntarnos qué estamos sintiendo, qué valoramos y cuánto espacio dejamos para aquello que nos conecta.

Quizás bajo un árbol aparezca una pregunta sencilla: ¿estoy viviendo de una manera que reconozco como propia? Su valor está en abrir una conversación honesta. Hay decisiones que podemos revisar y circunstancias para las que necesitamos acompañamiento. Nuestra existencia merece lugar para el afecto, la contemplación y aquello que nos hace sentir presentes.

El desarrollo que queremos construir

La tecnología y la naturaleza pueden formar parte de una misma idea de progreso. Podemos contar con mejores herramientas diagnósticas, atención digital y conocimiento científico, mientras recuperamos barrios habitables y protegemos los ecosistemas de los que dependemos. Cada innovación merece una pregunta sobre la vida que permite llevar.

En una ciudad, esa visión requiere decisiones visibles: conservar el arbolado existente, recuperar terrenos degradados y conectar las áreas verdes con los recorridos cotidianos. Propongo dar prioridad a los barrios donde salir a la calle significa exponerse al calor sin encontrar sombra ni un lugar cercano para descansar.

La planificación tiene que incluir mantenimiento y participación de quienes viven allí. Elegir especies adecuadas al clima, cuidar la biodiversidad y usar el agua responsablemente permite construir una relación duradera con ese espacio. La recuperación de un barrio también debe proteger la posibilidad de sus habitantes de seguir viviendo en él.

El mismo criterio alcanza a las escuelas, los lugares de trabajo y los centros de salud. Abrir oportunidades para estar al aire libre, disponer de patios con vegetación y organizar tiempos de descanso son decisiones que podemos incorporar al diseño de esas instituciones. La salud merece estar presente desde el proyecto.

Ese compromiso continúa fuera de la ciudad. El agua que llega a nuestras casas y los alimentos que consumimos nos vinculan con otros territorios. Cuidar ríos, bosques y suelos forma parte de la responsabilidad de una sociedad que quiere sostener su vida. Nuestra pertenencia a la naturaleza tiene consecuencias en la forma de habitarla.

Volver a estar presentes

Podemos comenzar por un encuentro cercano: pasar un rato en una plaza accesible, acompañar a alguien al aire libre o cuidar un espacio verde del barrio. La elección necesita ajustarse a la movilidad, el tiempo y las condiciones de cada persona. También podemos pedir que existan esas posibilidades donde hoy faltan.

Si tienes un lugar así a tu alcance, te invito a permanecer allí unos momentos. Observa lo que te rodea y reconoce cómo estás. Tal vez aparezca calma; tal vez cansancio, tristeza o ninguna sensación especial. Hay lugar para esa experiencia tal como es. Estar presente incluye escucharnos sin exigirnos una respuesta.

Quiero que construyamos ciudades donde ese encuentro pertenezca a la vida de todos los días. Donde un niño pueda crecer cerca de un árbol y una persona mayor encuentre sombra para sentarse. Donde el progreso deje espacio para vivir.

Más naturaleza, menos cemento. Devolver las áreas verdes a la ciudad es asumir que somos parte de la vida que necesitamos cuidar.

Dr. Andrés Zúñiga
Fundador de Mediconsciente

Fuentes y créditos

1. Organización Mundial de la Salud, Oficina Regional para Europa. Urban green spaces and health. 2016.

2. Smithsonian Institution, Human Origins Program. Homo sapiens. Ficha sobre la historia evolutiva de nuestra especie.

3. National Institute of General Medical Sciences. Circadian Rhythms. Actualización de mayo de 2025.

4. Schwaab J. y colaboradores. The role of urban trees in reducing land surface temperatures in European cities. Nature Communications. 2021;12:6763. DOI 10.1038/s41467-021-26768-w.

5. Organización Mundial de la Salud. Physical activity. 26 de junio de 2024.

6. South E. C. y colaboradores. Effect of Greening Vacant Land on Mental Health of Community-Dwelling Adults: A Cluster Randomized Trial. JAMA Network Open. 2018;1(3):e180298. DOI 10.1001/jamanetworkopen.2018.0298.

Fuentes consultadas el 17 de septiembre de 2026.

Fotografía de portada: Lucas Foglia. Vegetación integrada a las terrazas y jardines de un edificio urbano.